Cuento siglo XXI
Siglo XXI
Pablo se aburría. Tenía que quedarse en casa porque las autoridades así lo habían decidido. Un virus que mataba a la gente se extendía por el mundo.
Hasta hace unos días cada mañana se levantaba temprano para ir a trabajar, cogía el metro y observaba a los pasajeros. Con muchos coincidía cada día, la mayoría pendientes de su móvil, otros leyendo en su ebook... Cuando llegaba al trabajo saludaba a sus compañeros, tomaba café con ellos y durante ocho horas (o más, dependía del día) compartía vida, conversación, risas y llantos.
Luego volvía a casa a descansar. Veía la tele, o leía, o escuchaba música. Los fines de semana quedaba con los amigos de toda la vida para tomar unas cervezas, o iba a casa de su abuela a verla y comer con la familia. A veces salía de excursión. Le gustaba el senderismo.
Todo aquello se había parado. Ahora teletrabajaba.
Se sentó frente al ordenador. Conectó con Zoom para la videoconferencia diaria de trabajo. Aquello era una locura. Había que dar a la manita alzada cada vez que quería hablar. Después de la videoconferencia le llegaban los escritos, emails de los clientes. Había que contestar....todo virtualmente, sin poder sonreir o poner cara de extrañeza o sorpresa. Todo muy formal y frío, sobretodo frío....
Cuando terminó decidió entrar en las redes sociales. Bueno, era una manera de desahogarse sin que nadie con los que “hablaba” supiera realmente quien era.
Enlazó chistes, debatió sobre política, arte, historia, música....Un perfil desconocido le contestaba a todo. Se sorprendió. Y siguió su hilo.
Envió un MD:
-Hola @EnSecreto. Me sorprende lo mucho en que nos parecemos.
-Hola @Aburriéndome. A mí también.
-Curioso. Tengo la impresión de que me conoces. Soy de Madrid ¿De donde eres tú? -De Madrid también.
-¿Te importa que te escriba?¿Eres hombre o mujer?
-No. Mujer ¿y tú?
-Hombre. Me llamo Pablo ¿y tú?
-Luisa.
Siguieron hablando por internet. Pasaron los días y los meses, pasó la pandemia. Y siguieron hablando. Se contaban sus alegrías y sus penas. Eran amigos, se ocupaban uno del otro, se ayudaban, se consolaban, se amaban.
Pero nunca llegaron a darse un abrazo real. Nunca llegaron a saber que, cada día, viajaban en el mismo tren del metro.
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