-¡Ñooos! ¡Como huele a ajo! Luisa puso un gesto de desagrado. El vecino del tercero debía tener miedo a los vampiros por el olor a ajo que, ese día, desprendía su cocina por el patio de vecinos. Mientras pasaba su pescado por la sartén, sin sal, sin ajo, sin nada...(la edad pesaba, y el colesterol, y la tensión.....) recordó aquellas mañanas de cuando era pequeña, en casa de su madre. Ella ponía ajo a casi todo, decía que el ajo era fuente de salud y daba sabor a la vida (y además era antireumático, añadía). Cualquier cosa, cualquier guiso con ajo, tenía gusto. Aunque fuese un simple huevo frito, cualquier asado o unos garbanzos sobrantes del cocido semanal que cada miércoles era obligado (ese día tocaba colada, no existían las lavadoras de ahora ni las de antes, simplemente se lavaba a mano y no daba tiempo a enredarse con guisos. El cocido se h...