Tarea 1 Relato libre

         -¡Ñooos! ¡Como huele a ajo! 
        Luisa puso un gesto de desagrado. El vecino del tercero debía tener miedo a los vampiros por el olor a ajo que, ese día, desprendía su cocina por el patio de vecinos. 

         Mientras pasaba su pescado por la sartén, sin sal, sin ajo, sin nada...(la edad pesaba, y el colesterol, y la tensión.....) recordó aquellas mañanas de cuando era pequeña, en casa de su madre. Ella ponía ajo a casi todo, decía que el ajo era fuente de salud y daba sabor a la vida (y además era antireumático, añadía). Cualquier cosa, cualquier guiso con ajo, tenía gusto. Aunque fuese un simple huevo frito, cualquier asado o unos garbanzos sobrantes del cocido semanal que cada miércoles era obligado (ese día tocaba colada, no existían las lavadoras de ahora ni las de antes, simplemente se lavaba a mano y no daba tiempo a enredarse con guisos. El cocido se hacía sin tener que estar pendiente a lo largo de la mañana y daba para ese día. Las ristras estaban colgadas en un rincón de la cocina como parte indispensable de ella. No había cocina en aquellos tiempos sin ristra de ajos ni sin almiréz para machacarlos. 
         Hasta para merendar su madre usaba ajos. Aquellas tostadas de pan de hogaza, ese pan que ya no hay, frotado con ajo y mojado con aceite. Un poquito de sal o, los días de premio, un chorro de miel por encima. Esa era la merienda. 

         Dio la vuelta a su filete de pescado sin sal, sin ajo, sin nada..... El olor a ajo inundaba su cocina desde el patio, oyó las voces de los hijos del vecino del tercero. -”Ya hemos puesto la mesa ¿falta mucho para comer?” 

         Recordó aquellos tiempos en los que había niños en su casa, esos tiempos en que también cocinaba para muchos y no como ahora, que lo hacía para ella sola. Entonces también ponía ajos a sus guisos, porque guisaba. Ahora no, ahora simplemente utilizaba la cocina para subsistir y seguir viviendo. 

          El pescado ya estaba en su punto. Lo sacó de la sartén y lo puso en el plato. Añadió un poco de lechuga y tomate. Sin sal, sin ajo, sin nada. 

         No cerró las ventana de la cocina y dejó que la casa se inundase de aquel olor que llegaba desde la del vecino del tercero. 

          Sonrió.
       - ¡Ñoos!, que bien me va a saber este pescado sin sal, sin ajo, sin nada..... pero con sabor a vida.
 
 
 

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