SALUD MENTAL
SALUD MENTAL
Mi tío Jose Luis tenía toda la vida por delante. 20 años, estudiando Medicina en Valladolid. Le llamaron de casa, su hermano mayor.
-Vuelve enseguida, nuestro hermano Jose Antonio ha fallecido.
- No puede ser, no me lo creo. Voy para allá.
Cuando llegó le vió tendido en la cama, rodeado de sus hermanos y otros familiares. Su madre estaba en otra habitación, rota de dolor y acompañada de familiares y amigos. No preguntó nada, con grandes voces y ademanes violentos expulsó de la habitación a todos y se encerró con su hermano.
-No está muerto, fuera todos de aquí, voy a hacer que se despierte ¡no está muerto!¡Os mato a todos si no os vais y me dejáis curarle!. Mi abuelo tuvo que solicitar ayuda. Horas mas tarde se le llevaban de casa con una camisa de fuerza camino del manicomio. Él seguía gritando
-¡No está muerto, no le enterréis, no está muerto!.
Yo tenía pocos años y cada domingo iba a comer a casa de mis abuelos. Recuerdo al tío Jose Luis caminando sin pausa de un lado a otro del pasillo, No hablaba conmigo ni con nadie, simplemente caminaba de un lado a otro. Me daba
miedo y procuraba no encontrarme con él.
Algunos domingos, pocos, estaba sentado en el salón y me preguntaba si quería ver sus fotos. Nunca le decía que no. Eran unas fotografías preciosas que él hacía, de paisajes, de edificios......De pronto se cansaba, recogía todo con prisa y volvía al pasillo. Una y otra vez, de un lado a otro, sin descanso...
Cada cierto tiempo desparecía de la casa. Preguntaba a mis abuelos por él y toda la respuesta era que estaba descansando unos días fuera. No había mas explicaciones.
Pasaron los años, me hice mayorcita y ya no iba cada domingo a comer con los abuelos. Veía alguna vez al tío Jose Luis por la calle. Siempre iba con la mirada perdida y caminando deprisa. Le paraba para saludarle. Me miraba con una mirada rápida, decía un ¡hola! sin nombre y seguía caminando con su mirada perdida......
Un día pregunté a mi padre por él, comenté que me parecía una persona rara. Me dijo que tenía una enfermedad mental que se llamaba esquizofrenia, que era incurable. Que tomaba una medicación para tranquilizarle pero que, de vez en cuando, si no se la tomaba, tenían que ingresarle en el manicomio una temporada.
-¿Entonces está loco?- pregunté.
-No lo llames así nunca- me increpó- es una enfermedad mental, igual que otras personas tienen enfermedades de riñón o de corazón. No está bien decir “loco” a nadie.
Muchos años después, cuando ya no vivía ni mi padre ni mis abuelos ni el tío Jose Luis, como parte de mi formación profesional, me apunté a un curso sobre las eximentes de responsabilidad penal. Entre ellas está la “enajenación mental” y, entre las causas de esa enajenación, estaba la esquizofrenia. Aprendí que puede no manifestarse nunca aunque la tengas, que lo hace cuando ocurre algo excepcional que te afecta (en el caso de mi tío el fallecimiento repentino de su hermano de 16 años por un problema cardíaco) y que es hereditario, va en el ADN.
Hace algunos años un primo mío también fue diagnosticado de esa enfermedad mental después de sufrir un desengaño amoroso y el año pasado el hijo de otro primo mío, con 23 años, también diagnosticado después de una depresión mientras realizaba un ERASMUS en el extranjero, se suicidó consciente de que padecía esquizofrenia. Dejó escrito a sus padres que no quería vivir como el tío Jose Luis.
Siempre me pregunto si tal vez yo también tengo escondida esa enfermedad y ha sido la suerte de tener una vida afortunada la que ha conseguido que no se manifieste. Así que no me deis disgustos. La salud mental, a veces, depende de como tratemos y empaticemos con los demás. No lo vamos a evitar, pero creo que debemos hacer lo que podamos cuando a nuestro lado hay alguien triste o que se siente mal.
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